EL FUNERAL DE UN ÁNGEL

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A Leo, Myriam, Belén y todos los amigos que no pude acompañar

Perdí toda la mañana en el consultorio del Carlos H, respirando con dificultad por el tapabocas apretado que compré por tres mil pesos en la puerta del hospital y me había obligado a usar por el atávico temor a morir asfixiado en medio de la epidemia de turno.  Ya era la una de la tarde cuando decidí salir de allí.  Solo habían ido dos personas: una señora a quejarse del comisionado de policía que no le había atendido su reclamo porque sus hermanos le iban a quitar la herencia; y la consabida jovencita, consumidora de todas las drogas psicoactivas de este planeta, intentando convencer a la mamá que podía mantenerse abstinente en casa. 

Aceleré hacia el sur por la autopista Simón Bolívar y luego a la derecha por la avenida Guadalupe cuando llamó mi esposa para su pedido habitual de vituallas.   Hice el giro en U para ingresar al supermercado.  Había una cola bajo el sol porque solo estaban dejando entrar grupos de diez personas.  Volví a subir el tapabocas y me paré resignado al final de la larga hilera, pero rápidamente se acercó un policía y me agarró del brazo.  Usted puede entrar, señor.  Fue un bautizo de vejez con sabor agridulce. 

Crema de leche. Agua saborizada.  Queso en tajadas.  Salchichas. Pañales desechables para mi perra incontinente.  Bolsas para la basura y para recoger la mierda del perro. Miré la caja registradora y agarré unas chocolatinas para mis hijas. Cincuenta y seis mil ochocientos cincuenta pesos.  Lo mas caro eran los pañales desechables. Olvidé las flores que había pedido mi hija menor para poner en su cuarto. Media hora mas tarde salí  del parqueadero y  me integré a la fila de autos que esperaban el cambio del siguiente semáforo. 

Un auto negro con cuatro ocupantes iba siguiendo lentamente una carroza mortuoria.  Mis hijas dicen que siempre me distraigo y avanzo despacio detrás de las procesiones sin darme cuenta que los otros carros se cambian de carril.  Esta vez quiero llegar a casa pronto. El temor que todos tenemos en estos días.  Cuando intento adelantar, quedo detrás de un autobús de transporte masivo. Volteo a mirar el auto fúnebre: una camioneta negra con letrero de funeraria en cursivas  doradas, adaptada para ese deber.  El nombre del difunto me conmueve hasta las entrañas y  observo por el retrovisor buscando la fila de autos que debían acompañar pero solo encuentro el mismo auto triste.

El autobús arranca al cambiar el semáforo pero yo no avanzo.  La procesión atraviesa la calle novena  y yo sigo pensando con el auto inmóvil.

Cuando mi compañera Magali terminó su carrera de médico, lo primero que hizo fue llevar a su madre a vivir con ella a una casa sobre la avenida Santander. Treinta años de cocinera en la galería local habían logrado que una, entre cientos de adolescentes, terminara la universidad. Ya era tiempo de descansar.  La casa quedaba a las afueras, escondida bajo el nivel de la calle, con ventanas que medio asomaban permitiendo ver los autos que pasaban a toda velocidad. No habían transeúntes por la acera.  Descansar se vuelve muchas veces una tortura cuando has trabajado toda la vida en un lugar muy concurrido donde todas las personas te conocen y te dicen “doña Leo”. 

En el centro de la isla la vida transcurría a toda velocidad pero a las tres de la tarde el calor del puerto dormía a todos menos a los que debían acudir obligatoriamente a la misa funeraria de turno.  Misa soporífera de cuarenta minutos, luego los deudos sacaban el ataúd de la iglesia después de perfumarlo con incienso y lo llevaban por la calle a lo largo de los cinco kilómetros hasta tierra firme, donde quedaba el cementerio.  Iban siendo las cuatro y media cuando pasaban frente a la ventana semiescondida de doña Leo que siempre estaba esperando. 

Doña Leo también miraba el nombre que brillaba en la parte de atrás del carromato. Luego empezaba a contar: uno, dos, tres, cuatro…  Si la fila de deudos no llegaba a diez, sin importar el nombre del difunto, se calaba su sombrerito de flores, se despedía de su hija y salía corriendo para integrarse a la procesión que de forma asombrosa la mayor parte de las veces iba sonriente, a veces bailando al son de una tambora.

El semáforo cambió a rojo y la procesión siguió con paso cansino.  Noventa segundos después, otra vez verde. Reinicié la marcha un poco mas rápido, los alcancé en el siguiente cruce y fui el último en la fila por cuatro kilómetros en línea casi recta hacia el cementerio. El chofer de la carroza parecía no tener ninguna prisa.  Se detuvo junto a una gran reja cerrada. Un vigilante de gorra salió y con un radio confirmó varias veces el nombre. 

Después de unos minutos nos dejaron entrar: el auto funerario, el jeep negro y detrás, colado, un Renault rojo fuego con las ventanas oscuras que me había prestado mi mujer para ir al trabajo.  El guardia me miró con curiosidad mientras revisaba su listado.  Cuando bajaron del auto, el hombre que estaba al lado del conductor se quedó mirándome y levantó el pulgar. Entendí que podía salir y caminé por la calzada sin acercarme demasiado.

El coche se aparcó en reversa junto a la capilla. El cura se asomó a la puerta y dijo “Este no es el muerto”.  La hija menor se sentó con la cabeza entre las manos en las gradas del atrio.  Los otros dos, mas tranquilos, miraban su teléfono.  A pesar del esfuerzo del chofer para ir lento en la procesión fúnebre, llegamos antes que el otro difunto.  Al cabo de algunos minutos se estacionó un segundo coche funerario.

“Entra primero don Fermín como está en la agenda”. Para todo hay filas. Una señora gritaba preguntándose sin obtener respuesta “¿Por qué te fuiste Fermín?”.   El cura miró de reojo a los deudos y empezó a recitar su monserga a toda velocidad.  Yo esperé bajo el sol junto al ataúd del maestro.  El ataúd era muy pequeño, de color café mate, de los mas sencillos, sin adornos ni repujados.  La manija era un pasamano negro delgado que corría de pies a cabeza. Parecía un cortinero negro.  Era evidente que los familiares de don Fermín habían gastado todo su dinero en el féretro y las flores, que brillaban por su ausencia en el nuestro. Me acordé de las rosas de mi hija.  Yo parecía mas acorde a la situación, con mi camiseta verde oliva y mi pantalón caqui, que los hijos del maestro con sus trajes grises. Bajé la cabeza para pensar y de repente vi mis zapatos desastrados. ¿Hace cuánto que no voy a casa? Mi padre siempre se apresura a limpiarlos cuando me quedo dormido en el sofá. Bergoglio había dicho cuando le fueron a poner los Ferragamo rojos “prefiero los míos” y eso me sirve de excusa.

Quince minutos esperamos bajo el sol hasta que salió el otro cortejo. Rápidamente subieron a don Fermín al carrito de golf que lo llevaba al incinerador mientras su viuda gritaba de dolor.  Casi sin darme cuenta me acerqué  y con el chofer de la funeraria subimos el cofre al porta féretros. El hombre lo empujó  por el pasillo central de la capilla vacía. El cura permanecía sentado en el altar con semblante cansado.  Me quedé junto a la puerta sin saber si entrar.  Los tres deudos se hicieron en la primera banca de la iglesia vacía. Las dos mujeres  a la derecha y el hombre del pulgar a su izquierda. El joven de camiseta del Barcelona que había conducido el auto de Ágata se sentó en la segunda fila y cruzó la pierna con descuido desentendiéndose del asunto.

Se llamaba Carlos Ángel Alfredo. ¿por qué habían quitado el Ángel en todas  partes? Recordé una profesora que cambió su apellido por el de su esposo hace cincuenta años cuando se enteró que en la ciudad había un barrio pobre así llamado.  Ahora que lo pienso, yo también a veces firmo sin mi segundo nombre. ¿Sería Ángel el nombre del padre?  Alguna vez contó que en su casa la madre no podía lactar y como muchos en su pueblo fue amamantado por una indígena que había parido por las mismas fechas. Se aferraba a la teta prestada mientras su hermano de leche chupaba la suya. La leche como vínculo a la tierra.  A una madre sin rostro.  Ángel se hizo psiquiatra cuando el niño indígena se graduó de chamán.

Todo lo que dijo el cura parecía recitado y era idéntico a lo que había dicho veinte minutos antes con don Fermín.  Unas cortas palabras para don Carlos Ángel, empezó: “Hoy quiero recordar la conocida frase del dramaturgo alemán Shakespeare que dijo: yo estaba triste porque caminaba descalzo hasta que me encontré a alguien que no tenía pies”.  El maestro vomitaría.

Hace veinte años lo vi por última vez en su oficina. Siempre me hacia estornudar el piso alfombrado, que hacia mucho tiempo no había recibido el beneficio de la aspiradora, y los centenares de libros viejos en los anaqueles, repletos de papelitos marcadores de colores que señalaban la importancia de la frase. Libros en todos los idiomas y decenas de diplomas empolvados.

Sus ojos eran de un marrón tan oscuro que no podías sostener la mirada y  parecían atravesarte. No se le podía mentir. Todo lo sabía.  Siempre señalaba con el dedo artrítico el libro indicado y decía con su voz ronca la respuesta correcta sin titubear. “Esa respuesta la encuentras en el Boletín del Científico Atómico de agosto de 1954” me contestó cuando lo interrumpí, mientras hablaba de cómo se hace mayor el duelo durante ciertas fechas en el síndrome del aniversario, para preguntar como se sabía si alguien se encontraba en el lugar y momento indicado. El fenómeno de la sincronía existe, decía. Me asombraba ese rezago determinista en alguien como él.     

Vivir con un padre que no hace bromas y siempre tiene la razón debió ser complicado para esos tres que se sentaban adelante. Para  nosotros era un maestro una vez por semana. Cincuenta semanas al año. Tres años de miradas insondables con mas dudas en la cabeza que las muchas que contestó.   

Al terminar su retahíla, el sacerdote miró su capilla  casi vacía, caminó lentamente por el pasillo hasta llegar junto a mí con el cepillo de recoger las limosnas y esperó hasta que metí la mano al bolsillo.  Yo revisé entre las manotadas de llaves y papeles. Solo tenía una moneda de cien y otra de cincuenta. Los tiré a toda carrera junto al billete de veinte mil que había dejado su hija. Me pregunté si el queso, la crema de leche y las carnes frías resistirían el calor dentro del auto.  El hombre preguntó si alguien iba a comulgar y las señoras levantaron la mano.  Les entregó el cuerpo de Cristo como se estila en las epidemias, y avanzó rápidamente a incensar el féretro. La hija levantó la tapa del ataúd y empezó a hablarle en alemán con voz ahogada por el llanto.

Cuando lo iban a sacar de la capilla, el hijo hizo un ademán para retirarme, pero su hermana lo apartó y yo me apresuré a aferrar la  manija a la altura de la cabecera por el lado derecho.  No pesaba casi nada pero después de un rato sentía la mano adormecida por esa caminata silenciosa cargando un ángel en compañía de tres desconocidos.

Doña Leo murió en Bogotá sin reconocer a su hija y a sus nietos. Dicen que no hubo quien llevara el ataúd a la salida de la iglesia. En el altar, el sacerdote observaba de reojo el siguiente auto funerario que se había estacionado y  con discreción  encendía la música de fondo que servía de clave para dar trámite final a la ceremonia, pero la versión inodora y empalagosa de la pista pre grabada quedó sofocada por el plañido de las pregoneras que a voz en cuello cantaban “Mi Buenaventura” mientras Magali sonreía. 

Iván Osorio Sabogal

Cali, Colombia

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Publicado por Iván Osorio Sabogal

Feliz de vivir en el siglo XXI. Nací en un pueblito de la zona cafetera de Colombia. Estudié para médico en Pereira y me hice psiquiatra en la Universidad del Valle en Cali, he sido psiquiatra en varias comunidades marginales de Cali, Buenaventura y otros municipios del Valle y el Cauca, jóvenes con deficit cognitivo y problemas de conducta en situación de abandono en Palmira, Ginebra y Guacarí. Docente de psicopatología para varias universidades, actualmente en la Escuela Nacional del Deporte en Cali. Escritor aficionado de algunos cuentos y ensayos que intentan hacer reir y pensar. Padre de Valentina y Manuela. Vivo en el sur de Cali (Colombia). Te invitó a leer mis cuentos e historias en Kindle

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